“Un descuento del 40% avanza sigiloso desde la retaguardia.
Atrás han caído varios 20%. Pero no está solo. Sabe que tiene el apoyo aéreo de la patrulla 60%. A solo unos metros divisa el cuartel general de las Rebajas. Su misión es marcar el blanco. Así lo hace y luego se agazapa entre las ruinas de unas antiguas bonificaciones. Espera en silencio. Sabe que en unos minutos estallará una Gran Oferta.”

Es una auténtica guerra de precios.

Y todos estamos, de un modo u otro, embarcados en ella.
Compramos low cost. Cobramos low cost. Pensamos low cost.
Y ya sabemos el final. El de todas las guerras.
Nadie gana. Todos pierden.

El empresario, porque obtiene menores beneficios; algo que hace peligrar la supervivencia de su negocio. El consumidor, porque recibe “menos por menos” en una constante degradación de calidad en materiales, contenido, garantías y servicio.

Y lo peor: algunos empiezan a acostumbrarse. A aceptar como normal una situación que casi roza el esperpento.

Se salvan los de siempre, claro. Los que juegan en las ligas superiores, donde la crisis se vive desde lejos, como un tsunami en un país asiático.
Mientras, el resto de los trabajadores nos vemos obligados a competir en esta nueva economía de supervivencia. Da igual lo que vendamos. Siempre habrá alguien que lo ofrezca por menos. Pero… ¿podremos seguir fiándonos igualmente de aquello que compramos? Ya no hablamos solo de una hipotética obsolescencia programada. Hablamos de auténticas “chapuzas” en el sentido amplio de la palabra. Artículos muy económicos creados para que se autodestruyan en cinco, cuatro, tres, dos… Servicios que, en muchos casos, se convierten en “autoservicios”… “Sí, claro. ¿Y qué quiere usted por el precio que está pagando? ¿Caviar ruso?”.

Hoy, muchas empresas que aún no han desaparecido cubren su imposibilidad de mantener a sus profesionales seniors sustituyéndolos por becarios sin remuneración. O sea que, a partir de ahora, el pelo ya no nos lo cortará el peluquero sino el aprendiz. “Eso sí: como hay riesgo de perder la oreja, se lo dejamos muy MUY barato.”

De seguir así, en cualquier momento los recortes y los descuentos desmedidos darán paso a la desidia del consumidor. Es decir: “para comprar esa mierda, no compro nada.” Algo que, a juzgar por los últimos datos de consumo, ya está ocurriendo. Al margen de que solo se compra lo estrictamente necesario, como es lógico.

 

Sí. Definitivamente nos hemos vuelto low cost.

Pero, atención: eso no significa que debamos desaprender lo bien que podemos hacer las cosas. No significa necesariamente que tengamos que ofrecer servicios basura.

Es cierto; hemos rebajado sueldos, tarifas personales y P.V.P. en un intento de ser más competitivos. Pero, por Dios: no rebajemos la calidad de lo que hacemos. No nos convirtamos en chapuzas profesionales.
No nos acostumbremos al “total, para lo que nos pagan”, porque entonces solo conseguiremos rebajar aún más la calidad de nuestra sociedad (que ya está demasiado devaluada).

Cambiemos nuestros hábitos empresariales. Ahorremos solo los costes necesarios. Apliquemos la creatividad. Suprimamos a los intermediarios que lo encarecen todo sin aportar nada. Ajustemos y acomodemos precios para facilitar la demanda de nuestros productos y servicios, … pero ofrezcamos siempre calidad por encima de todo. Los clientes no son tontos. Con el tiempo, puede que te lo recompensen con su fidelidad.

Lo sabemos. La crisis pasará, pero solo para aquellos que hayan sabido mantener a salvo su prestigio y honestidad en estos tiempos de corrupción y mangoneo.

Las jóvenes empresas de nueva creación, los nuevos emprendedores, son el ejemplo a seguir. Tienen ganas. Tienen ilusión. Les gusta trabajar y hacerlo bien. No tienen como primer objetivo comprarse un coche de lujo y abrir sus oficinas en una torre de Azca. Quieren crecer, claro. Pero no a costa de los demás, sino como consecuencia de una labor excelente, personal y muy comprometida.

Ofrezcamos lo mejor de nosotros mismos.
Sea lo que sea que tengamos que ofrecer, apostemos por la calidad.

Calidad low cost, sí… pero calidad por encima de todo.

Artículo escrito originalmente por Carlos R. director creativo de La peluquería de textos para ideaweb

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